La presente campaña en el campo almeriense está marcada por una complejidad inusual debido a la incidencia del Thrips parvispinus. Esta plaga, de menor tamaño y más difícil control que sus parientes habituales, está obligando al sector a buscar soluciones urgentes. En medio de esta incertidumbre, ha cobrado fuerza una corriente que propone el uso de mallas de color rojo como herramienta de control, basándose en estudios sobre el espectro lumínico realizados en Japón.
Sin embargo, desde una perspectiva técnica rigurosa, es necesario pedir cautela. Adoptar decisiones estructurales costosas, como la sustitución de cerramientos, requiere datos contrastados y extrapolables a nuestra realidad, algo que, a día de hoy, no parece sostenerse con la evidencia disponible.
El problema de la extrapolación: Japón no es Almería
El principal argumento a favor de las mallas rojas proviene de ensayos donde la cubierta es 100% de malla. Este detalle es crucial y marca una diferencia insalvable con el modelo productivo de Almería, donde la configuración estándar combina una cubierta de plástico con malla en el perímetro y las bandas.
La física de la luz es tozuda: en un invernadero almeriense, la gran proporción de radiación solar entra por la cubierta plástica. La luz que penetra a través de las bandas laterales es comparativamente baja. Por tanto, aunque el color rojo pudiera alterar el espectro en un sistema totalmente mallado, en nuestros invernaderos la influencia de la malla perimetral sobre el espectro lumínico global es, previsiblemente, limitada o nula. Esperar resultados idénticos a los del ensayo japonés en un invernadero de plástico es ignorar la proporción de superficie efectiva de entrada de luz.
Antecedentes y durabilidad: dudas razonables
No es la primera vez que se debate sobre la cromática en los cerramientos. En ensayos y observaciones previas realizadas en la provincia por empresas como Criado y López, así como en centros experimentales locales, no se han obtenido resultados concluyentes que avalen una eficacia consistente de las mallas de color frente al comportamiento de las plagas. La valoración técnica actual sugiere que el efecto real sobre el parvispinus, más allá de la barrera física, sería despreciable.
A esto se suma un factor económico y práctico: la estabilidad del pigmento. El color rojo en los tejidos agrícolas presenta un riesgo alto de degradación. Se estima que la tonalidad tiende a migrar o perderse en un plazo de 1 a 2 años, dependiendo de la exposición. Esto implica que, incluso en el hipotético caso de que existiera un beneficio espectral, este sería efímero y no garantizaría una protección continuada en el tiempo.
Lo que sí funciona: la barrera física
Frente a la incertidumbre del espectro de luz, la única garantía objetiva sigue siendo la barrera mecánica. La eficacia de una malla se mide por su densidad, gramaje, tipo de tejido y una correcta instalación que asegure la estanqueidad. Estos son los parámetros que una empresa puede certificar. Garantizar un efecto anti-insectos basado meramente en el color o en la modificación de la luz, hoy por hoy, no es técnicamente responsable.
Compromiso y libertad de elección
A pesar del escepticismo técnico fundamentado, el sector auxiliar debe responder a las demandas del agricultor. Ante el aluvión de consultas, Criado y López ha habilitado la fabricación de tejidos en color rojo para aquellos productores que, con plena consciencia de las limitaciones expuestas, decidan realizar pruebas en sus propias fincas.
El objetivo es ofrecer información clara y expectativas realistas: servir el producto con agilidad y rigor, pero sin prometer soluciones mágicas donde solo hay hipótesis por confirmar.





